Mi viaje por el norte argentino, mezcla de paisajes, empanadas y calidez

Pisé suelo argentino en los primeros días de enero. Buenos Aires lucía soleada y ruidos como siempre. De allí, directo a la Terminal de Retiro, de donde saldría el tren que 24 horas más tarde me depositaría en San Miguel de Tucumán, primer parada en lo que fue un completo y provechoso viaje por el norte argentino. Los 50 grados de calor y unas empanadas calientes, picantes y bien autóctonas fueron la bienvenida esperada. Al otro día, partí hacia Tafí del Valle. Allí conocí sus aguas cristalinas, sus montañas imponentes y la calidez de la gente, siempre dispuesta a ayudarnos.
Después llegó el turno d la provincia de Salta. En Cafayate el calor cede un poco, aunque no baja de los 35 grados. Allí, en medio de un camino de piedras y formaciones rocosas de gran altura, se pueden encontrar cascadas de más de 12 metros de altura. Este sería el último lugar donde vería el agua en tal extensión. En Cachi, pueblo que aún conserva su fachada colonial, me sentí como en casa. La calidez de sus habitantes, lo lindo e histórico de este lugar, ubicado a más de 2.400 metros de altura.
Para llegar a Salta capital hubo que recorrer un camino lleno de curvas, contracurvas y paisajes espectaculares. Montañas de colores diversos: verdes, marrones, naranjas… Todo iluminado por el sol, que nos calentaba no solo el cuerpo, sino el alma. Una vez en Salta capital, degustamos unos tamales casi devorándolos para no perder un segundo y embarcarnos en nuestro próximo destino: Purmamarca, en Jujuy.
Allí se celebraba justamente la Fiesta de las Coplas, una tradición milenaria, en donde las familias salen a la calle a cantar y celebrar con la Pachamama. El cerro de los siete colores es la mayor atracción del pueblo, que aún conserva rasgos de su cultura autóctona. Quise quedarme más, pero las obligaciones me regresaron a España. Ya habrá tiempo para volver.

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